Blazax Cabecera

Descubre Memorias del Blázax

EL Equilibrio del Universo está en Juego

Descubre un universo donde la acción, lucha contra el destino, traiciones y superación de los personajes marcan los capítulos de esta historia.

¿Alguna vez has pensado que alguien dirige tu destino?

Consigue tu ejemplar dedicado

Descarga el ebook en Amazon

Memorias del Blázax Transformación Libro

1. Luis – 2000 

Los números eran su vida y pensaba compartirla con ellos hasta que su tiempo terminase. Desde que tenía memoria había jugado con ellos, y cuando aún no había llegado a la adolescencia, quienes le rodeaban se habían dado cuenta de aquella virtud. A partir de entonces, cualquier aprendizaje y camino que había tomado, estaba dirigido a perfeccionar su entendimiento y mejorar su capacidad de raciocinio matemático. Pero lo que estaba a punto de comenzar escapaba de su imaginación. Ahora podía comprender situaciones del pasado que le habían resultado contradictorias y que nadie había conseguido explicarle el porqué. Momentos en los que a pesar de conocer el resultado de un complejo planteamiento matemático, algo en su interior le indicaba que tras la solución se encontraba algo más, que tras el empirismo de los números se escondían reacciones menos objetivas que podía influir de diferente manera en un individuo o en una sociedad. Ahora, por fin, tras años ocultando esas sensaciones por miedo a que se tradujeran como una señal de debilidad o falta de brillantez, comprendía que los mayores pensadores compartían con él esa cualidad.

Aún no era consciente de cómo su vida se vería influida ante su nueva profesión. Pero estaba ansioso por empezar y por suerte, solo tendría que esperar unos minutos más para comenzar su primer día de entrenamiento. Se encontraba en la antesala de la zona de prácticas y en su piel todavía quedaban algunas marcas de los diferentes dispositivos de control que le habían repartido por el cuerpo durante el exhaustivo examen médico y mental que había durado alrededor de cinco horas.

No conocía directamente a nadie que hubiese participado en el programa y aunque en las últimas semanas había intentado documentarse al respecto, había sido imposible encontrar datos fidedignos que contasen o al menos, diesen alguna pista sobre qué pruebas tendría que realizar. A pesar del secretismo, y que Luis entendía como un ejercicio más de la preparación, había oído hablar de los exámenes, tanto fuera como desde dentro de la organización, pero sin ningún detalle concreto. Todas las descripciones se basaban en términos como resistencia mental, capacidad de síntesis, abstracción, objetivismo, vértigo y desorientación. Tras las descripciones aparecían los correspondientes efectos secundarios, entre los que se encontraban alucinaciones, dificultades en el sistema motriz que influían en la capacidad oral, paranoia, ansiedad, vómitos y en los casos más severos, estado de coma durante varias semanas. Y la única manera de hacer frente a todos estos síntomas era la tenacidad, ya que el programa tenía una duración de entre cinco y diez años y hasta pasado el ecuador del entrenamiento no era posible acercarse a las salas de control o realizar ejercicios prácticos a modo de ensayos generales y ni mucho menos, plantear tesis basándose en los movimientos del enemigo o participar en los conflictos. Y no le importaba. Estaba más que decidido a centrarse en la única meta que realmente merecía la pena: ser la mente más brillante de todos los tiempos.

2. Londres – 2006

Por un instante levantó la vista del cubo de latón y contempló el ambiente que le rodeaba. No había duda, se trataba de uno de esos momentos en los que la magia impregna el ambiente. Los había conocido aquella semana, y él, a pesar de estar acostumbrado a hacer amigos con extrema facilidad, estaba sorprendido ante el grado de complicidad que sentía por tres de ellos.

No era capaz de concretar si se encontraba cansado o ebrio. Solo podía sentir felicidad, tanto la que desprendía la gente que le rodeaba como la que se había creado en su interior, y eso que el principio de la noche no había sido muy halagüeño.

Era el día grande del Carnaval de Notting Hill y por lo que había escuchado a sus nuevos amigos, las expectativas de celebración eran muy altas. Así, aquel último sábado de agosto, entre botellas de vino, cervezas y muchas risas, él, junto con otras diez personas de diferentes nacionalidades se habían dirigido a pie hacia el barrio del oeste. Pero al llegar, una terrible sensación había contagiado al grupo. Las calles no estaban abarrotadas de gente, en su lugar, lo único que descubrían a cada paso era basura amontonada en los bordillos y las escasas personas que aún resistían en pie, sin duda no recordarían nada al día siguiente.

 —Ali. Esto se ha acabado —comentó uno de ellos a la chica que había organizado el plan.

Alicia tras una ojeada comenzó a reír.

—¡Pablo, Raffie! —Se dirigió a dos de los chicos del grupo, que junto a ella eran el nexo en común de toda la gente— ¡Nos ha vuelto a pasar! Vamos con el ritmo español y no con el inglés. La fiesta ha sido durante el día, ya no queda nadie.

No era la primera vez que les ocurría algo semejante. Pese al intento de acostumbrarse a los hábitos ingleses, en la mayoría de las ocasiones se despistaban y aparecían en las reuniones y fiestas con retraso, o en el peor de los casos, cuando ya se habían terminado.

—¡No puede ser! —Pablo miró a su alrededor.

—Solo te digo una cosa: yo necesito fiesta. —Alicia se volvió a reír al ver como Raffie movía las caderas al compás de su acento brasileño.

—Pues no sé. Como no nos emborrachemos en ese puesto de zumos —contestó Alicia, imitando el movimiento de caderas y señalando un pequeño tenderete de bebidas tropicales situado a la entrada de una pequeña tienda.

Hasta entonces Álvaro se había limitado a observar la conversación. Estaba con ellos realmente cómodo, pero aún se sentía un invitado. Sin evaluar mucho la situación, entendió que había llegado el momento de agradecer a los tres los últimos días que habían pasado juntos.

—No se preocupen. —Los animó en un ligero acento venezolano—. Vamos y les invito en el puesto.

Raffie y Pablo se miraron, sopesando la idea de beber un zumo cuando comenzaban a sentir los efectos del alcohol.

—¡Claro que sí! —Alicia miró de soslayo a Pablo— Un poco de vitaminas después de los últimos días nos vendrá genial. —Con esa facilidad que ambos tenían de entenderse con la mirada, se aproximaron los cuatro al puesto de bebidas.

La señora a cargo del tenderete y que presidía el tosco tablón de madera a modo de mostrador, no iba disfrazada pero encajaba perfectamente en el ambiente del Carnaval. El llamativo estampado de ojos felinos de su vestido a juego con el abultado pañuelo de la cabeza, resaltaba su piel oscura como el tizón y aumentaba sus dimensiones tanto en altura como en anchura. Era lo más parecido a un tótem tribal.

Álvaro observaba absorto a la gigantesca mujer que con una sonrisa iba mezclando los diferentes zumos, moviéndose lentamente al compás de la música que dejaban escapar los pequeños altavoces del puesto.

 —¿Quieres una mezcla simple o especial?

«¿Especial?».

—¿Qué tiene de especial?  —preguntó Álvaro.

—Qué te parece, por ejemplo, ron y algo de vodka. —Álvaro los miró interrogativo y observó cómo a un tiempo, se dibujaba una sonrisa de oreja a oreja en los tres rostros.

Con los vasos de plástico en la mano y el dulzor de la papaya y el ron en el paladar, volvieron con el grupo, al que se había sumado más gente dispuesta a apurar las últimas horas que quedaban del festejo y seguían el ritmo que los altavoces del tenderete.

—Pablo —le confesó Raffie al oído—. Esto para un rato está bien, pero no podemos pasar la noche alrededor de una música que casi no se oye.

—Ya, ya lo sé. —Pablo dio un sorbo a su bebida—. Algo se nos ocurrirá.

—¿Qué sucede? —preguntó Álvaro.

—Necesitamos encontrar un sitio, aquí se ha terminado todo.

Álvaro miró pausadamente la estampa en la que se encontraban: sus nuevos amigos disfrutaban animadamente de las bebidas que habían traído y posaban con Alicia que no paraba de hacer fotos e intentaba que el grupo se lo pasase bien. La gente que se había unido a ellos y a los que todavía no conocía, compartían sus bebidas y se relacionaban con los de la residencia preguntando por su nacionalidad, el tiempo que llevaban en Londres y qué hacían en la ciudad. Más allá, no había nada notorio en la calle, a excepción del puesto y su colosal dueña que troceaba enormes melocotones en almíbar para añadirlos a sus mezclas. Continúo mirando a la señora hasta que tuvo una idea.

—Ahora vengo —dijo Álvaro—, creo que sé cómo animar el ambiente. —Pablo le miró sorprendido y siguió con la mirada a su amigo, que explicaba algo a la vendedora de zumos.

—La gente se está empezando a aburrir. —Se acercó Alicia a ambos, colocando el vaso de plástico boca abajo como prueba irrefutable—. Podemos seguir en la residencia o en la orilla del canal, ahí no molestaremos a mucha gente si no hacemos demasiado ruido. Y los que se han unido a nosotros dicen que no hay ningún local abierto, son más de las doce de la noche y todos los pubs han cerrado.

—Espera un poco, Ali. A Álvaro se le ha ocurrido algo. —Raffie parecía tener todas las esperanzas puestas en el nuevo chico.

—¿El qué? —preguntó Alicia. Pablo contestó encogiéndose de hombros—Tiene algo diferente este chico, ¿no creéis?

—Yo solo te puedo decir que no es mi tipo —respondió Raffie guiñándole un ojo—, pero a lo mejor es el tuyo…

—No, no es eso —contestó Alicia dándole un pequeño golpe en el brazo—. Se esfuerza mucho por hacer sentir a la gente cómoda. Eso no se ve con facilidad.

—Acaba de conocernos, es normal que quiera agradar —opinó Pablo.

—Sí. Es posible que solo sea educado. —Alicia sacó de su bolso una petaca como quien saca un conejo de un sombrero. Sus amigos comenzaron a reír a carcajadas.

—¡Los españoles nunca dejaréis de sorprenderme! —confesó Raffie— ¿Te has traído la petaca?

—Por si teníamos una emergencia y parece que no ha sido una mala idea. Es whiskey y no creo que sea fácil encontrar más alcohol que el del puesto de zumos.

Pablo estaba dando su primer trago cuando comenzó a oír unos golpes metálicos que seguían un cierto ritmo.

—¿Qué es lo que suena?

Alicia buscó su procedencia.

—¿Aún pensáis que este chico no es diferente? —preguntó señalando a Álvaro que se encontraba sentado en un taburete mientras su cuerpo, y el de la vendedora de zumos, seguían el ritmo de sus manos al golpear una lata de cinco kilos de melocotones.

Dos canciones después, Álvaro era solo uno más de los diferentes espontáneos que se habían colocado en torno a él formando una banda de percusión. El acompasado ritmo nacía de otras enormes latas que tocaban a dos manos y de cajones de madera para almacenar fruta, botes pequeños que sonaban gracias al entrechocar de bolígrafos e incluso alguna que otra botella rugosa y de cristal. Frente a los músicos, el grupo de la residencia y el de la gente que habían conocido en la calle, se iba haciendo cada vez más multitudinario y tanto conocidos, como anónimos, bailaban juntos al mismo son y se refrescaban con los zumos especiales de la vendedora, que a esas alturas sonreía de oreja a oreja y movía felizmente su gran trasero al ver a tanta gente en su puesto.

La mayoría de los músicos se iban cambiando al terminar las canciones. A veces eran percusionistas, a veces bailarines, a veces necesitaban descansar los brazos o dar las gracias a la africana que siempre ofrecía un vaso a quienes terminaban con un instrumento. Sentado en el taburete de plástico y con el recipiente de latón entre sus piernas, Álvaro no podía dejar de sonreír al observar cómo el grupo se había convertido en una multitud que desprendía alegría y sobre todo, vida.

Bum, bum, buuum, BAM. Bum, bum, buuum, BAM. Bailaban en parejas, otros en grupos, algunos se acercaban y preguntaban de qué se trataba todo aquello y al oír la palabra “improvisación”, muy pocos eran quienes se resistían y no se unían a la fiesta o tomaban fotos.

Sintió que el sudor comenzaba a aparecer en su frente y sin dejar de sacar notas del latón, descubrió a Pablo y Raffie inmersos en el ritmo, moviendo los pies y los brazos al son de los golpes. Buscó a Alicia y la encontró quieta en un lateral de la multitud, observando a la gente de la misma manera que él lo estaba haciendo. Plenitud y satisfacción, creyó adivinar Álvaro en su rostro. Sin esperarlo, Alicia se giró y clavó sus ojos en los de él. No era consciente de ello, pero sus manos habían dejado de funcionar, su pie ya no daba golpecitos en el suelo, la música, el puesto de bebidas, la gente, se habían desvanecido. Tan solo quedaban las miradas de ambos y el pulso de la sangre golpeando su sien.

Entendió por el rubor de las mejillas de Alicia que ella también estaba sorprendida y sin saber por qué, se encontró ofreciéndole una sonrisa sincera. Alicia recorrió con sus ojos la escena y leyó de sus labios “gracias”. Sin moverse de su sitio, Álvaro la besó con la mirada.

3. Luis – 2000

—Mr. Hux, todo está preparado. Ha llegado el momento. —Luis bajó de la camilla en la que estaba sentando y acompañó unos pasos por detrás a la mujer que le iba guiando hasta la sala de prácticas. El corredor por el que avanzaban era largo y anodino: paredes blancas, puertas negras y una luz brillante procedente del techo que incidía en todos los rincones del pasillo.

 —Nos dirigimos a la sección de entrenamiento del Primer Nivel. Una vez dentro, le explicarán en qué consiste.

—Es una suerte saber que en algún momento alguien me dará algún detalle sobre qué tengo que hacer —comentó Luis con un tono neutro.

—No se preocupe. Parte de las lecciones del Primer Nivel se basan en eso, en la incertidumbre. Deberá aprender a trabajar sin conocer realmente a qué se enfrenta. —La mujer le miró a los ojos. Luis creyó ver que intentaba adivinar si conseguiría al menos pasar los primeros test o sería uno de los muchos que se quedaban en el intento.

—Cuando no sabemos a lo que nos enfrentamos encaramos nuestro propio yo. —Mantuvo sus ojos en los de la mujer hasta que ésta se rindió y bajó la mirada.

Un silencio incómodo protagonizó el resto del recorrido a través de diferentes pasillos hasta llegar a la puerta que parecía ser su destino.

—A partir de aquí, sus capacidades y sus instructores serán su guía. Buena suerte, Mr. Hux. —Luis estrechó la mano de la mujer—. No se presione demasiado al principio, recuerde que es un camino de resistencia, no de velocidad. —Sin esperar una contestación, giró sobre sus talones y desapareció por el mismo camino por el que habían venido.

Antes de abrir la puerta negra, llenó los pulmones de aire. No sabía a lo que se enfrentaba, pero hasta entonces nunca antes había sentido que pertenecía tanto a un lugar como aquel. Con decisión se aproximó a la puerta pero al intentar entrar, Luis descubrió que no era tan sencillo como parecía. Ante la ausencia de picaporte, un mal presagio despertó sus dudas. ¿Iba a adentrarse en una sala desconocida y de la que no podría salir?

Encontró un botón negro al lado del cerco y lo pulsó esperando que fuese el mecanismo de apertura, pero no obtuvo reacción alguna. Volvió a presionarlo, esta vez durante más tiempo, y el resultado fue el mismo: absolutamente nada.

Retrocedió varios pasos y observó la entrada una vez más. «¿Es una puerta?, ¿o solo lo parece?». Se acercó de nuevo y pasó la mano por ella con la esperanza de encontrar alguna pista que revelase cómo entrar, pero lo único que pudo resolver es que entre ella y el muro había en efecto una hendidura, un acceso a algún sitio, pero ninguna señal de cómo entrar.  Miró a su derecha y un largo pasillo con más portones de color negro se desplegaba hasta donde podía ver. Era idéntico a los que había cruzado con la asistente.

Giró la cabeza hacia la izquierda y la escena era similar: luz estridente, muros blancos y puertas negras. Se situó en medio del cruce de caminos, intentando obtener cierta perspectiva de las tres vías que podía tomar y valorar así las diferentes alternativas.

Desde un primer momento, forzar la puerta no era una opción, así que esa posibilidad quedaba descartada. La siguiente elección, era desandar el recorrido del principio y… y no iba a pedir ayuda a la asistente, por lo que tampoco era una solución.  Tras esto solo quedaban dos opciones: derecha o izquierda. Le habían dejado justo en ese lugar del complejo y enfrente de ese acceso haciéndole creer que todo empezaba ahí, por lo que en ese punto o cercano a ese punto debía haber algo que aclarase qué pasos dar. Frente a la puerta negra y teniendo tras de sí el pasillo por el que había llegado, caminó lentamente de espaldas, analizando en conjunto el muro que tenía delante. Algo en el planteamiento de todo lo que le rodeaba no encajaba. Continuó alejándose sin perderlo de vista, hasta que vio la confirmación de lo que intuía: el complejo de acceso estaba basado en trucos visuales, dando la sensación de que no había continuidad, de que no existía ni el pasillo de la derecha ni el de la izquierda y todo terminaba en la maldita puerta. Se encontraba en un laberinto y ni siquiera estaba seguro de si la entrada que intentaba cruzar era la salida o no.

FICHA TÉCNICA EBOOK

Nº de páginas: 630

Idioma: CASTELLANO

Encuadernación: eBook

Depósito Legal: M-000728/2020

Año de edición: 2020

FICHA TÉCNICA LIBRO

Peso: 1 Kg

Nº de páginas: 570

Idioma: CASTELLANO

Encuadernación: Tapa Blanda 15.6×23.39cm

ISBN de Amazon: 9798651151387

Año de edición: 2020

Memorias del Blázax – Blog

No te Pierdas las Últimas Entradas